POLVOS CONTADOS
Mis padres nunca tuvieron ese problema. Vivieron al día, siempre con la idea de que lo suyo acabaría tarde o temprano. Cada momento se aprovechaba con una intensidad que a nosotros nos dejaba con la lengua por fuera. Puedo recordar a mi padre sentado leyendo el periódico mientras esperaba a mi mamá, que cuando llegaba, entraba a la casa con un alborozo de niña. «Si no fue bueno, ni me cuentes», le decía mi padre con la voz llena de socarronería. «Pero si fue bueno, dame todos detalles». No creo que mi madre se los ahorrara, porque le encantaba hablar de sus correrías con otros hombres que la perseguían y que mis abuelos llamaban «amoríos pecadores». [–]
0 Comments:
Post a Comment