ROBERTO CARCASSÉS

BIENVENIDOS ♫ WELCOME

STRAIGHT NO CHASER
«Los rostros del sexo»«La muerte de los periódicos (iii)»
'Play it in the key of your soul' – Charles Mingus





Bruno Böhmer Camacho Trio
Herencias
Neu Klang
Bruno Böhmer tocó por última vez en Barranquilla hace dos años, 
junto a Latin Sampling, la banda que dirige, para presentar «Secrets», un disco que para ese entonces resultó novedoso y enérgico. Con una chaqueta de cortesía, Bruno se presentó ante el público con un solo magistral, de frases bien pensadas y retórica precisa, en «Ocre», el chachachá fresco con el que decidieron abrir. Bruno no estaba jugando. Su pianismo, al mismo tiempo audaz y conciso, tenía una madurez atípica para un músico con veinte años mal contados.
Cuando volvió como espectador para el Barranquijazz, hace casi un mes, Bruno trajo varias copias de «Herencias», su primer trabajo solista. Aquí la sorpresa comienza con el formato: Latin Sampling se reduce a la célula básica de un trío. A partir de ahí, el pianista barranquillero cumple con una tarea esencial para el disco: la de hacerse a un sonido más propio y personal, que se separe bien de las pretensiones del quinteto.
Lo logra con creces. En especial porque el trío (que se completa con Rodrigo Villalón en la batería y Juan Villa en el bajo) funciona a través de otras búsquedas conceptuales. Bruno se interna con convicción en la música de su abuelo, el compositor Ángel María Camacho y Cano, pero no deja de lado sus propias composiciones, que representan maneras contemporáneas de entender la tradición. Asimismo, y en consonancia con su corta pero interesante trayectoria, Bruno atiza bien el vuelo para ejercitarse en el latin jazz.
Aunque sin estar exento de algunos clichés, «Herencias» es un disco acertadamente misceláneo. Al menos lo suficiente para ser un debut. El resto está en el piano de Bruno, maduro y con algunas influencias bien asimiladas, además de rondar con acierto en la idea central del trabajo: todas las herencias —las de aquí y las de allá— confluyen en un súmmum único, más allá de nacionalidades y patriotismos, que es el que se lleva adentro. Bien adentro.

Sonny Clark
My Conception
Blue Note
En 1959, el año de la grabación de este disco, el pianista Sonny Clark tenía 28 años. Era posiblemente el session musician más solicitado en el sello Blue Note, lo que le permitió acumular tantas horas en el estudio de grabación como cualquier veterano con el doble de su edad. Dos años después moría de una sobredosis de heroína, dejando una discografía rica en aciertos, de la que se suele citar el «Cool Struttin'» como la máxima cumbre. Ese disco, sin duda, es extraordinario. Pero «My conception» lo supera en sentimiento blusero, madurez conceptual y entrega musical. Algunas de las canciones de «My conception» (que fue grabado en dos sesiones tan distantes como marzo y diciembre) claman por letras para ser cantadas. Tan adhesivas son. Se trata de temas muy bluseros que se ubican entre el fervor predicador y el soulfulness. Clark tenía, como Silver, un manejo refinado del combo jazzístico y aquí compinches como Donald Byrd y Hank Mobley encarnan lo mejor del género con improvisaciones jubilosas. El contraste con el pianismo espacioso de Clark es, aparte de delicioso, inmejorable.
Clark fue, en esencia, un hijo del hardbop, esa tendencia que comenzó a tener sentido cuando el jazz vio su atractivo más allá del gueto de los conocedores habituales. En todo caso, sus exponentes (Hampton Hawes, Bobby Timmons, Art Blakey, Horace Silver o Ray Brown para dar apenas unos nombres) demostraron que el bebop era, fundamentalmente, música nacida del rhythm & blues y el gospel. Es decir, que las ideas torrenciales de Charlie Parker podían tener alma de púlpito y espíritu pop.
«My conception», que estuvo hasta hace muy poco en los archivos de la discográfica Blue Note, fue editado en los años 60 por los japoneses, quienes apreciaban mejor el elegante tiempo pianístico de Clark. Sólo su figura de icono del hardbop, sumado a la fiebre de las reediciones, ha despertado el interés por este disco maravilloso. En verdad, poco importan las razones: esta es una grabación tan moderna como histórica.



Francisco Céspedes
Te acuerdas
Warner Music Latina
Soy fan de Francisco Céspedes. Lo digo con descarado orgullo. Para cualquiera que haya seguido sus pasos, se trata de uno de los placeres más exquisitos de escuchar música cubana; aunque su obra muestre las altas y las bajas de un artista inquieto: del romántico al cursilón telenovelero pasando por el creador que halla en la exuberancia de la música popular cubana un motivo de minimalismo poético. Pero frente a «Te acuerdas», al que no es posible clasificar de malo porque se ubica entre malísimo y horrible, no queda más remedio que pedir paso para pasar.
Alguien —¿acaso un mal asesor, un jodedor consuetudinario, un enemigo que buscaba desquite?— le aconsejó al Pancho cantar en portugués («Começar de novo»), en francés («Ne me quitte pas») y en inglés («How deep is your love», ¡una canción de los Bee Gee, por tu madre!). Y el hombre se lo tomó en serio. O tal vez no. El caso es que los resultados darían ganas de tocerse de la risa si no fuera porque duele, ay, escucharlo masticar, moler, triturar y masacrar los idiomas. Es la pesadilla torturante de alguien que canta a un paso de la ridiculez. ¿O alguien va a decirme que ese tránsito de escuchar a Beny Moré a lo demás es una evolución de la cancionística cubana? Metáfora aparatosa, sin dudas.
Incluso canciones como «Aquellas pequeñas cosas» (Joan Manuel Serrat) y «Yo vengo a ofrecer mi corazón» (con un arreglo hipercursilón) alcanzan aquí lo caricaturesco. Sólo «Mírame bien» (Pablo Milanés) tiene el espíritu de algo sentido, algo lejos del esfuerzo, algo que se presenta como una segunda piel.
«Te acuerdas...» es un título maravilloso para describir la experiencia de escuchar este disco, porque, coño, hay sufrimientos que han de recordarse toda la vida. Este es el más doloroso.









